Hasim en su Marketa
Transcurría un día común por lo aburrido para Ahmed Hasim, dueño de una marketa en Winston-Salem, Carolina del Norte. La misma gente de siempre compraba las mismas cosas de siempre empapada en el mismo calor húmedo de cada verano. Era más o menos la 1:00 de la tarde. Cuatro pelagatos daban vueltas por los coloridos pasillos de la tienda.
Dos eran conocidos: Ana Peters, una obesa rubia ama de casa, que siempre compraba leche en polvo para sus cinco hijos. Y Samuel Martino, un octogenario, menos de aquí que de allá, que pasaba horas en la tienda de Hasim para evitar estar solo en su diminuto apartamento sin aire acondicionado.
Los otros dos clientes eran desconocidos.
El uno era un adolescente flaco y pelirrojo con cara de imbécil, vestido con una holgada camisa hawaiana que en ese momento comparaba minuciosamente los contenidos de tres marcas de jabón para lavar ropa.
El otro era un fornido hombre negro con audífonos amarillos en las orejas, que tenía puestos un muscle shirt y unos shorts de licra celeste. Este individuo se había instalado desde hacía 40 minutos en frente del anaquel de revistas porno, en la parte de atrás del establecimiento.
Hasim --que en Irán era profesor de Biología, pero que en Estados Unidos se sentía esclavo de su marketa-- estaba de pésimo humor, como siempre.
Resolvió que si en exactamente diez minutos el fornido Afro Americano no compraba la Playboy que tenía en la mano, lo echaría a patadas. De acuerdo a su inclinación puramente científica, decidió tomar el tiempo con un cronómetro. Para que los diez minutos pasaran más rápidamente, abrió una bolsita de pistachos y prendió la televisión.
En el Discovery Channel, su canal favorito, estaban transmitiendo un programa sobre ranas venenosas en la selva costarricense. Esas maravillosas ranitas de apenas tres pulgadas de largo y de colores más brillantes que la capa un M&M eran capases de matar a un caballo con media gota de su veneno.
“¡Qué cosa maravillosa!” pensaba Hasim, un poco triste. "Cómo me gustaría coleccionar cientos de anfibios en una gran caja de cristal, recrear su hábitat y alimentarlos con todo tipo de insectos vivos. Los estudiaría minuciosamente."
En el colegio iraní donde impartía clases antes de mudarse a los Estados Unidos, Hasim estaba a cargo de un laboratorio biológico. En aquel lugar, que consideraba su paraíso perdido, el otrora maestro coleccionaba todo tipo de animalitos y plantas exóticas. Al cerrar los ojos podía visualizar cada contenedor de cristal, cada lagartija, cada ranita y caballo de mar en su laboratorio.
Entonces alguien balbuceó algo.
“¿Qué?” preguntó Hasim, bruscamente, sin quitar los ojos de las brillantes ranas venenosas en la tele.
“Vacíe la caja registradora o le pego un tiro en la frente.”
Era el adolescente pelirrojo, que escondía una pistola muy grande debajo de su camisa hawaiana. Debía ser de gran calibre.
“Tranquilo, hijo." dijo Hasim, en su marcado acento persa. "Si quieres, llévate la tienda entera, pero no vayas a disparar.”
El pelirrojo giró despacio sin dejar de apuntar. Notó que la gorda Ana y el viejo Samuel charlaban sin percatarse del atraco.
“¡Paren de cotorrear carajo!” gritó Hasim, buscando congraciarse con el asaltante.
Ana palideció y dejó caer una lata de leche en polvo en el suelo.
“Tengo todo bajo control, pendejos. No vayan a intentar estupideces,” dijo el pelirrojo, en su voz llena de constantes altibajos.
“¿Quieres las monedas también?” preguntó Hasim.
“¿Qué?”
“Que si quieres llevarte las monedas, muchacho.”
El pelirrojo sacó un trocito de la lengua y pestañeó dos veces. Siempre ponía esa cara cuando trataba de pensar.
“Sí, sí, todo,” dijo. “También ponga todos los boletos de lotería.”
“Esos son pura patraña,” dijo Hasim.
“Ponlos ya, terrorista de mierda.”
“¿Bolsa de plástico o de papel?” preguntó Hasim, por costumbre.
“¡No me jodas o disparo!”
Al mismo tiempo, el negro fornido, del cual el pelirrojo no se había percatado, se deslizaba muy despacio desde el anaquel de revistas porno en la parte de atrás hasta la nevera gigante que estaba cerca de la puerta de salida. Hasim lo vio de reojo por el oblicuo espejo de seguridad instalado sobre las cervezas y los vinos.
“Siéntense cerca del mostrador,” ordenó el pelirrojo, dirigiéndose a Ana y a Samuel.
Ana lo hizo. El viejo Samuel no se movió.
El pelirrojo apuntó hacia el pobre viejo con su gran arma, que permanecía escondida bajo su camisa hawaiana.
“No me puedo sentar,” dijo don Samuel, aferrado a su bastón. “Tengo una hernia en los discos y todavía no he podido curarme por falta de fondos, usted sabe, amigo.”
Algo confundido, el pelirrojo miró a Hasim, que terminaba de poner los billetes, las monedas, y los tickets de lotería en una bolsa, violentamente le quitó el motín y caminó hacia la puerta, apuntando en dirección de Hasim en todo momento.
“Toma otra bolsa, muchacho. Las de plástico no aguantan tanto peso,” dijo Hasim, a sabiendas que el negro fornido con shorts de licra estaba agazapado arriba de la nevera, muy cerca de la entrada.
El pelirrojo titubeó. Sin dudar, el fornido flexionó sus musculosas piernas y saltó sobre el pelirrojo, cuyos huesos de avestruz desnutrida crujieron horrorosamente contra el suelo. Hasim llamó al 911.
Para que no se escapara, Ana, la poco esbelta Ana, madre de cinco hijos, como hemos dicho, tiró su gran masa corporal sobre las piernas del pelirrojo, mientras que el heroico hombre Afro-Americano sujetaba sus flacos brazos.
El viejo Samuel, que obviamente también quería ayudar, se agachó con gran dificultad y con sus temblorosas manos urgió bajo la camisa hawaiana del ahora rehén.
“Oh my God!” exclamó, soltando una carcajada.
La pistola de largo cañón y temible calibre que el adolescente pelirrojo escondía bajo su camisa hawaiana resultaba ser una larga banana de origen ecuatoriano.
Al escuchar las sirenas de los patrulleros el fornido Afro-Americano soltó los brazos del pelirrojo y se paró en la puerta.
“Si quiere puede levantarse señorita,” añadió, dirigiéndose a Ana. "Este menso ya no puede escaparse."
Ana se puso de pie. Al mismo tiempo, el viejo Samuel sintió un dolor en la espalda y dejó caer la banana en el piso, lo cual dio lugar para que el pelirrojo intentara una movida desesperada y audaz, o acaso desesperada y sumamente idiota.
Se abalanzó sobre la banana, la medio peló y se la tragó con una rapidez animal.
Los policías entraron enseguida.
El ladrón intentó negar todo lo sucedido, pero tenía cuatro testigos en su contra. Como no había evidencia, las autoridades tomaron fotos de la cáscara.
“Trataré de que te den varios años más por destruir la evidencia,” dijo un policía mientras le ponía las esposas.
El pobre ladronzuelo estaba confundido y no sabía si el policía le estaba tomando el pelo o si de verdad le subirían la sentencia por comerse la evidencia.
El que sí tenía las cosas muy claras era Hasim. De muy buena gana le regaló diez revistas Playboy y un par de DVDs especiales al héroe de la tarde, cinco latas de leche en polvo a Ana, y $200 al viejo Samuel para que consultara a un quiropráctico. Además, instaló cámaras de seguridad en las cuatro esquinas de su marketa y se prometió a si mismo ser menos malhumorado, pues la vida en Winston-Salem no era del todo mala.